Actualmente estoy leyendo Tales of the Alhambra (Cuentos de la Alhambra) de Washington Irving (1783-1859), más conocido por ser el autor de ¨The Legend of Sleepy Hollow¨ (La Leyenda del Jinete sin Cabeza) y Rip Van Winkle. La primera parte, describe el paisaje español, los caminos de barrancos, las caravanas de mulas, los arrieros, las cruces en los caminos que simbolizan las muertes por hurtos. Un párrafo me llamó la atención, porque nos da su impresión de las hordas de toros como parte del paisaje, estableciendo además, que el hombre y el toro no se conocen. Nunca he estado en una corrida de toros y considero abominable su matanza cruel, su tortura en las fiestas españolas; de todos modos, es más sencillo aborrecer cuando a uno no le llegan las costumbres, y no se ha criado en la misma cultura, en cierta forma, también comprendo a quienes defienden las tradiciones ancestrales y su significación, pero me pregunto qué goce puede llevar a torturar a un animal, cualquiera sea ese animal.
Mi contacto con los toros se remite a mi infancia, y eran toros de pastoreo en campos argentinos, no de lidia, sin embargo bien recuerdo el temor que me infundían, de solo verlos, con esa mirada desafiante y sus terribles bramidos, sí, me aterraban. No había pensado que tal vez exista un temor nato fundado entre la rivalidad hombre-toro, en algún momento esos sentimientos deben haber desencadenado los rituales, y me pregunto, porqué en la Antigüedad los augures predecían usando exclusivamente las entrañas de los toros, porque ellos representaban al dios?, quien a su vez confrontaba al hombre? He de investigar un poco más esta cuestión, mientras tanto, reproduzco según mi traducción personal del inglés, los pensamientos de Washington Irving para con los toros. De la edición española en Granada de 1994, página 20:
¨A veces, serpenteando a través de los valles angostos, él (el viajero) es sorprendido por un ronco bramido, y contempla sobre él, en algún pliegue verde lateral de la montaña, una horda de feroces toros andaluces, destinados al combate en la arena. Hay algo terrible en la contemplación de esos animales estupendos, vestidos con fuerza tremenda, y que van arrancando sus pasturas nativas en salvajismo, extraños casi a la cara del hombre. Ellos no conocen a nadie, salvo al pastor solitario que los atiende, y, a veces, ni él mismo se atreve a acercárseles. El bajo bramido de esos toros y su aspecto amenazante mientras miran hacia abajo, desde los peñascos, le dan salvajismo adicional al paisaje circundante.¨
De Doctrina y praxis.org, reproduzco la foto y el párrafo siguientes, a modo de reflexión:
Lope de Vega (1562-1635) no era aficionado ni apologista a las corridas de toros, pero una de las pocas condenas a la fiesta de los toros que se conoce de él, nos dice:
¡Fiesta mortal! A tu inventor primero
maldiga el cielo con su mano eterna
Mala, con toro manso; buena, fiero que mata,
Hiere, pisa y desgobierna.
La fiesta es ver morir bárbaro y fiero
Contra la condición humana y tierna,
Los que no os hacen mal, ni mal os quieren.
¡Bárbaros españoles, inhumanos!
Más crueles que idólatras y escitas,
Que entre la religión de los cristianos,
Leyes fieras tenéis con sangre escritas.
¡Volved los ojos, si lo son de humanos,
con lágrimas y voces infinitas,
a questa imagen de dolor y miedo
del mísero don Diego de Toledo.