Saturday, March 6, 2010

El Eclipse. Cuento de Augusto Monterroso Bonilla

Eclipse. Pintura digital de Myriam B. Mahiques

Augusto Monterroso ( (21 de diciembre, 1921–7 de febrero, 2003) fue un escritor guatemalteco que se dedicó exclusivamente a los cuentos cortos. Su cuento corto ¨El Dinosaurio¨, es considerado el más breve de la literatura hispana: ¨Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí¨ (Publicado en Obras Completas (Y otros cuentos). Monterroso es considerado una figura central en la generación latinoamericana de famosos novelistas, como Julio Cortázar, Juan Rulfo, Gabriel García Marquiez, Carlos Fuentes.
A continuación presento uno de sus cuentos, El Eclipse, conmovedor por cierto.


Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.



2 comments:

  1. Es un gran cuento. Me ha sorprendido tanto encontrar esta misma historia en un cómic de Tintín y una novela de Mark Twain que he escrito un breve post sobre el tema. Adjunto el enlace por si a alguien le interesa echarle una ojeada:
    http://bailarsobrearquitectura.wordpress.com/2014/02/02/tintin-monterroso-y-un-yanqui-de-connecticut/
    Saludos,
    Iago López

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    Replies
    1. Hola Lago, claro, me resultó muy interesante la relación que encontraste, fue muy creativo e ingenioso de tu parte. Gracias por participar en el post y el blog.
      Saludos,

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