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Thursday, March 8, 2012

Trabajos Forzados. Cuando el escritor debe trabajar para subsistir


Tal vez el título del post no sea el correcto; de hecho, escribir profesionalmente, es de por sí un trabajo. Que alcance para subsistir o mantener una familia, es otra cuestión.
Cuando voy a la biblioteca, y me divierto por horas en la sección de venta de libros usados, veo que la mayor parte de los títulos de novelas de EEUU son de mujeres. Y, justamente, me surge esta reflexión: las mujeres norteamericanas escriben novelitas porque se divierten, mientras los maridos trabajan. No puedo evitar pensarlo, ni siquiera me detengo a leer los comentarios de las contratapas. Mi actitud no quita mérito a algunas autoras, aunque, sinceramente, siento como un tabú el comprar novelas de mujeres estadounidenses y estimo que las de los hombres son más serias y profesionales, porque han de empeñarse en ganar el sustento diario.
Leía en La Nación, la reseña sobre el libro Trabajos Forzados, de la italiana Daria Galateria. No será un best seller, pero toca un tema que es interesante, el de los autores famosos que debieron salir ¨a trabajar¨ en algo totalmente distinto a las letras, para mantenerse. Y el dilema de ser especialista en un tema: ¿Se es menos profesional por tener una actividad alternativa? Pues yo creo que no, pero a los ojos del público, tal vez sea un descrédito. Se supone que el profesional lo es tanto como para no necesitar vivir de otra actividad, a no ser que sea algo tan distinto que lo ¨desenchufe¨. Personalmente, opino que todo trabajo es digno, y como lo muestra Aldous Huxley, en Un Mundo Feliz, todos tenemos una posición en nuestras vidas.
Para ilustrar el post, transcribo parte del artículo de Eduardo Berti:

En esta foto tomada en un campo de ovejas, en agosto de 1897, se cree que Jack London es el hombre joven en el grupo de la derecha, el segundo desde la izquierda. Foto de Frank LaRoche. http://www.skagwaynews.com/alaskan2003.html
Borges y Bioy Casares. Google Images

En el prólogo a su libro, Galateria dice que muchos escritores, para mantenerse, han tenido que trabajar e indica que a comienzos del siglo XX estos trabajos "llegaron a ser extravagantes y, a veces, rozaban lo extremo". Fue el caso de Jack London, quien desembarcó en Klondike a finales de 1897, durante la primera fiebre del oro. "Aquel invierno vivió en una cabaña abandonada, rodeado de lobos. Transportaba maletas por la nieve y cuesta arriba: millas y millas cargando con ciento cincuenta libras de peso. Se sentía más fuerte que los indios y lleno de salud", relata Galateria. Pero, paradójicamente, cuando London escribía, sentía dolores de espalda. La columna vertebral, que había respondido "lealmente" en los momentos más duros, lo obligaba ahora a doblarse en dos, como si tuviera reumatismo.
Todavía más fabulosa fue la existencia de Blaise Cendrars. Vendedor de joyas en Rusia, fogonero en Pekín, apicultor en Francia, cazador de ballenas en Noruega, pianista de cine (como Felisberto Hernández) y cargador en un matadero de Nueva York, en los años 20 -tras su accidentada participación en la guerra-, fue invitado a Brasil por el rey del café, Paulo Prado, quien le ofreció una vasta extensión de tierra. Terminó embarcándose en una ambiciosa empresa de importación y exportación, que fracasó de manera estrepitosa.
Más o menos por esos años, Máximo Gorki hizo también de todo. Cuando era adolescente, formó parte de una banda que se dedicaba a robar leña. Luego trabajó en una fábrica de galletas. Fue pescador en el mar Negro, vendimiador en Besarabia y descargador en Odesa. Llegó incluso a ser empleado en una zapatería de señoras. (...) En el capítulo consagrado a Gorki, Galateria rescata cierto momento en que alguien le hace notar al aún aspirante a narrador que en las novelas francesas, que a él tanto le gusta leer, los personajes no trabajan ni hacen nada concreto para ganarse el pan. Algo por el estilo parece ocurrir con el perfil público de los escritores y con la incomodidad que suele instalarse al hablar de sus "segundas profesiones": el tema se silencia y se vuelve casi tabú o, muy al contrario, en contratapas o solapas fáciles de parodiar (Alice Munro lo hace, por ejemplo, en su relato "Material") puede hallarse una enumeración de oficios "colorida" y heterogénea: "panadero, instructor de golf, mozo de bar, reparador de líneas telefónicas...".
"La especialización es algo valorado en cualquier clase de trabajo -reflexiona al respecto Galateria-. ¿Cómo tomar en serio a un profesor si fuese, a la vez, cerrajero? Al mismo tiempo, desconfiamos de los intelectuales puros a quienes se los considera 'en las nubes'. No tuvieron este dilema los escritores encarcelados o los que, más simple aún, se dedicaron a vender las joyas falsas que creaba su mujer, como lo hacía el poeta Aragon."
Aparte de ser un compendio de anécdotas reveladoras, Trabajos forzados permite apreciar con nitidez diversas posturas entre obra literaria y vida. ¿Trabajar en algo mecánico, que "ocupe" poco la cabeza? ¿Trabajar de día o de noche? ¿Ir cambiando de empleos a fin de acumular experiencias? ¿Trabajar lejos de la literatura o en sus muchos arrabales: periodismo, traducción, etcétera?
Galateria cree, por ejemplo, que diversos escritores resolvieron utilizar sus oficios como una forma de "acercarse a la gente común" y menciona en tal sentido a George Orwell, quien en 1928 renunció a la policía birmana persuadido de que "si quería convertirse en escritor, debía desistir de todos sus privilegios, coloniales y de clase, y conocer la vida de los marginados".
"Hay escritores que prefirieron dedicarse a ciertos trabajos en total contradicción con la escritura, para tener así la mente libre", afirma Galateria. Las páginas acerca de T. S. Eliot muestran que se hallaba muy a gusto entre los números y las tareas bancarias. "Trabajaba en un sótano, inclinado, 'como un pájaro negro en un comedero', sobre una mesa repleta de cartas." Cuando Geoffrey Faber (uno de los fundadores de la editorial Faber & Faber) vio que había encontrado a un poeta que además era un eficiente contador, no dudó un solo instante y le ofreció el cargo de director editorial. "La poesía no me ha sido de gran ayuda para mi carrera bancaria: en cambio, mi trabajo bancario me permitió escribir mis poemas -razonaba Eliot-. Por la noche no tenía el espíritu envenenado por el trabajo del día. Entonces pude cumplir dos vidas intelectualmente distintas."
Georges Perec era ya bastante famoso por sus libros, pero así y todo no renunció a su empleo de documentalista en un laboratorio médico, mientras que Saint-Exupéry prefería pensar que su verdadera ocupación era pilotear aviones.
Franz Kafka fue agente de seguros toda la vida. Trabajaba en la aseguradora Generali de ocho de la mañana a seis de la tarde. Años después obtuvo un empleo similar (pero de menos horas semanales) en el Instituto de Seguros de Accidentes Laborales del Reino de Bohemia. Las notas de servicio atestiguan que "el doctor Kafka es un empleado que trabaja mucho, dotado de un talento y de una dedicación excepcionales". El hijo de un colega diría años más tarde que muchos lo consideraban "una especie de santo". (....)

LOS RIOPLATENSES
"La leche cuajada limpia el organismo del hombre; dentro de él, ensancha su vida." Un trabajo alimenticio en más de un sentido ("La leche cuajada La Martona-Estudio dietético sobre las leches ácidas") fue quizás imprescindible para sellar la amistad entre Borges y Bioy Casares y, más aún, para el alumbramiento de ese curioso álter ego llamado Bustos Domecq. "Mis tíos, los Casares, me encargaron, un poco como para estimularme en la literatura -aunque parezca un tanto absurdo-, un folleto sobre las virtudes de la leche cuajada y el yogur. Pagaban 16 pesos la página, que era bastante dinero. Yo sabía que Borges estaba pasando momentos de estrechez económica y le propuse que hiciéramos eso juntos", recordó Bioy en una entrevista que le hizo Tomás Barna, en 1997.
El talento de Horacio Quiroga como fotógrafo hizo posible que acompañara a Leopoldo Lugones en una expedición a Misiones, financiada por el Ministerio de Educación. El viaje fue determinante en la vida de Quiroga, quien hasta entonces había trabajado en un taller de reparación de maquinarias y herramientas o como maestro de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires.
Aparte de las "medias con punteras y talón reforzado con caucho o derivados" que patentó en 1934 (y que no lo volvieron rico ni se comercializaron, pero que depararon décadas después uno de los mejores cuentos de Ricardo Piglia), aparte de ése y otros intentos de inventos, Roberto Arlt tuvo mil y un oficios. "Dependiente de librería, aprendiz de hojalatero y de pintor, mecánico y vulcanizador, electricista en un taller de compostura de fonógrafos, director de una fábrica de ladrillos, trabajador en el puerto, corredor de papeles", enumera Pablo Montanaro en Roberto Arlt, el arte de inventar .
(....) Nacido en Italia, emigrado a los 12 años a la Argentina, Antonio Dal Masetto aprendió castellano leyendo libros que elegía al azar en la biblioteca de la ciudad de Salto, "A los 18 años, se instaló en Buenos Aires", cuenta Natu Poblet, gran admiradora de su obra. "Fue albañil, pintor, heladero, vendedor ambulante de artículos para el hogar, empleado público y lo que fuera necesario para sobrevivir." (...)
Leopoldo Marcechal fue bibliotecario y maestro. Ernesto Sabato era doctor en Física y logró una beca para investigar las radiaciones atómicas en el Laboratorio Curie, de París, gracias al Premio Nobel argentino Bernando Houssay. Librero de barrio, Isidoro Blaisten fue asimismo publicista y fotógrafo de niños. Héctor Tizón fue, hasta hace poco, juez del Superior Tribunal de Justicia de la provincia de Jujuy. Martha Lynch fue secretaria en los años sesenta de Arturo Frondizi, con quien se la vinculó sentimentalmente y al que retrata en La alfombra roja . Osvaldo Soriano llegó a ser futbolista en Cipolletti y cierta vez le contó a Cristina Mucci que "estaba bastante contento de serlo". Marco Denevi estudió Derecho, pasó por el periodismo y acabó asegurando: "Vivo de todo lo que escribo, pero no todo lo que escribo es literatura".

2 comments:

  1. Myriam, revelador e inquietante. Tu bitácora es cada día indispensable.
    Gracias.

    Un abrazo con oficio.
    Sergio Astorga

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  2. Gracias Sergio por el cumplido! Un abrazo,

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